Uno es el poeta

Contratapa:

Jaime Sabines era de esos escritores convencidos (aunque es suya la frase "No quiero convencer a nadie de nada") de que la poesía es emoción y de que el poeta, desde la autenticidad poética siempre, tiene el deber de transmitir esas emociones. "No sirve esconderse tras una máscara": hay que enfrentarse a lo que ofrece la vida y a lo que nos quita la muerte sin que el verso pierda el asombro virginal al hablar de estos eternos temas poéticos. Sin duda, en sus más de treinta años de escritura nos ha enseñado a través de las palabras que, donde hay vida, hay poesía.
Nacido en el estado de Chiapas, en el sureste de México en 1926, y fallecido en el último año del siglo XX en Ciudad de México, Jaime Sabines nos ha dejado un legado literario que pocos lectores de poesía en habla hispana han podido descubrir. Sus libros no traspasaron en muchas ocasiones las fronteras mexicanas, a pesar de que, como ha dicho José Emilio Pacheco, es uno de los escasos poetas mexicanos que verdaderamente han hecho una obra, y que, sin duda, muchas de sus composiciones están entre las mejores de la lengua española.

Un poema:

Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí.
Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño.
Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?

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