Yo, el Rey

Solapas:

Por su admirable sensibilidad de artista y por la experiencia de la vida cosechada, tanto en los difíciles años de su juventud como en su paso por el foro, Bruno Cicognani es un profundo conocedor del alma humana. Su obra múltiple, regida siempre por un alto sentido poético y un don de penetración psicológica muy sutil, le ha valido un lugar relevante en el panorama de la letras italianas contemporáneas.
A lo largo de los años y en consonancia con una evolución orientada hacia un perfeccionamiento nunca interrumpido, el arte de Cicognani se había destacado preponderantemente en el campo del relato, breve o extenso, a punto de que muchas de sus páginas merecieron el honor de las antologías.
El teatro solicitó también su interés desde hora temprana. Hace más de treinta años Pirandello, que por entonces dirigía un conjunto escénico en Roma, estrenó su obra Belinda y el monstruo, tema que Jean Cocteau retomaría casi dos décadas después para llevarlo al cinematógrafo. Mucho tiempo transcurriría, sin embargo, antes de que Cicognani volviera al género teatral. Y al hacerlo abordó directamente la tragedia, superando con pleno éxito en Yo, el Rey los innumerables escollos que ella ofrece a los autores contemporáneos.
Se plantea en esta obra, con sorprendente originalidad y frescura, el caso del príncipe Don Carlos, tantas veces tratado por historiadores y poetas. Cicognani enfoca al protagonista y a su augusto padre, el rey Felipe II, desde un ángulo rigurosamente personal, esto es, con profundidad y sutileza. La complejidad que caracteriza la idiosincrasia de los dos personajes y que se extiende, multiplicada si cabe, a las relaciones entre ambos, da lugar a una serie de situaciones de muy difícil resolución, que han obligado al autor a un arduo análisis psicológico sobre el que descansa la sustancia misma de la tragedia.
En otro sentido Cicognani confiere a la obra la jerarquía que le ha sido reconocida, apelando a una técnica teatral de cuño propio e introduciendo en ella, con destreza admirable, elementos extraídos en cierta medida del quehacer novelístico, que con tanta perfección domina. El diálogo imprime así a la acción peculiaridades muy personales. En cuanto al elemento trágico, Cicognani se remonta a las fuentes más vigorosas y eficaces del género, integrándolas en una concepción moderna cuya audacia contribuye de manera decisiva a la exaltación de sus valores fundamentales.

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